SANTANA ARCHIBOLD, SERGIO
Héctor Lavoe fue el gran ícono de la salsa, fue el Che Guevara de la clave y el soneo, fue el guapo que se creó y se auto destruyó, fue el hombre que convivió con el infierno y la gloria en 5-8 de estatura y por eso su nombre se hizo mítico, fue capaz de llegar a extremos que ni él dimensionó, para bien y para mal.
Su vida no fue una línea recta, fue una historia llena de recovecos y entre telones, que lo llevó desde Machuelo Abajo en Ponce, Puerto Rico, hasta cualquier barrio del mundo entero.
Acercarse para compilar su vida es un reto, su historia es como un espejo roto en mil pedazos que cada biógrafo debe comenzar a armar, porque dejó historia en África, pero también en Nueva York y ni qué decir de Latinoamérica y el Caribe. Pero también se puede contar la historia de su gesta artista en estricto orden, o de la persona, en estricto desorden, o la visión de sus amigos, o de sus compañeros de lides, o desde sus debilidades e inseguridades que lo acompañaron siempre, o desde su legado y la interpretación de su obra, y todas estas miradas poseen valor y dan cuenta de su grandeza.
Cada uno tiene uno tiene su propio Héctor Lavoe, de acuerdo a como lo vivió o lo soportó, o lo que le inspiró y le impregnó cada canción, cada soneo, cada una de sus frases memorables. Su mundo fue tan diverso y amplio que aún hoy estamos descubriéndolo.