DE CASCANTE, JORGE
Siempre me han fascinado los gatos. Supongo que los gatos fascinan a todo el mundo en todo momento, pero en mi caso, al principio, fue un deslumbramiento a distancia y con barrera de seguridad, como te fascina cualquier cosa muy bonita que tienes muy prohibido tocar. A mí la prohibición no me la impuso nadie más allá de los propios gatos, que me parecían respetabilísimos y el respeto que sentía por sus caras enfurruñadas me coartaba a la hora de acercarme a ellos. Acariciar a un gato, en mi mente infantil-adolescente, incluso, era como abrir una puerta de golpe, gritar ¡Hola, guapo!» y rascar la carita picada del personaje interpretado por Clint Eastwood en la película Sin Perdón. Los gatos no son ninguna broma», pensaba. Y estaba en lo cierto.A los quince años fui de intercambio escolar a Hamburgo (estudiaba en un colegio alemán en Madrid) a vivir una temporada con una familia del lugar. En aquella casa en medio del bosque todos me trataban genial, menos la gata.